Alcazaba, catedral, el casco antiguo y una comida sin prisa: cómo aprovechar al máximo un solo día en Málaga.
Empieza temprano en la Alcazaba, la fortaleza nazarí que se alza sobre el casco antiguo. Sus jardines en terrazas, arcos de herradura y canales de agua recompensan una subida sin prisa, y desde las murallas se enmarcan el puerto y la plaza de toros. Complétala con el Teatro Romano, a sus pies, y, si las piernas aguantan, el castillo de Gibralfaro.
Baja al centro hacia la catedral, apodada La Manquita por su segunda torre inacabada. Pasea por la Calle Larios, de mármol, y el laberinto de callejuelas en torno a la Plaza de la Constitución, asomándote a pequeñas plazas y al Mercado de Atarazanas, con su vidriera y sus puestos. Aquí nació Picasso; su museo queda muy cerca.
Málaga premia una comida larga y tardía, el ritmo local. Busca una bodega antigua o una terraza con sombra y pide espetos de sardinas, boquerones fritos o una tabla de quesos con una copa de vino dulce de Málaga. Come despacio, pide otra ronda y deja pasar a la sombra las horas más calurosas de la tarde.
El aeropuerto está a pocos minutos del centro en el tren de cercanías C1 o en taxi. El casco antiguo es compacto y llano, así que ponte calzado cómodo y recórrelo a pie; deja el coche de alquiler en un aparcamiento. Las mañanas y los atardeceres son más frescos, y casi todo queda a diez minutos andando.
Este itinerario es ideal para quien visita la ciudad por primera vez, para cruceristas y para quien solo dispone de un día. Remátalo paseando por el Muelle Uno hasta el cubo de cristal del Pompidou, o subiendo al mirador de Gibralfaro para ver la puesta de sol. Málaga es caminable, luminosa y sencilla: fácil de amar y difícil de dejar.